dilluns, 12 de març de 2012

LA AGONIA DE LA CRISTIANDAD

por Víctor Codina sj

http://lamiarrita3.blogspot.com.es/2008/12/la-agona-de-la-cristiandad.html

Un hecho irreversible

La agonía de la Cristiandad no significa necesariamente la agonía del cristianismo, aunque a veces ambas cuestiones estén relacionadas y puedan coincidir. Agonía de la Cristiandad significa propiamente que una configuración de la Iglesia que ha estado vigente durante muchos siglos, ha entrado hoy en una crisis irreversible.
Ordinariamente se acepta que la Cristiandad nace en el siglo IV con el llamado giro constantiniano (en tiempos de Constantino y Teodosio), se consolida y capitaliza con la reforma gregoriana (Gregorio VII) y con la teocracia pontificia medieval (Inocencio III) y se mantiene en pie hasta el Concilio Vaticano II, a pesar de las fuertes críticas y sacudidas históricas que la Cristiandad sufrió de parte de la Reforma, de la Modernidad ilustrada y de la Revolución francesa. La Cristianad es una Iglesia estrechamente ligada al Imperio, una Iglesia identificada con la sociedad masivamente bautizada, que configura todo el orden social, político, cultural, legislativo y moral de la sociedad. Según ella, fuera de la Iglesia no hay salvación, la Iglesia es el Reino de Dios presente en la tierra, la Iglesia representa el mundo de lo sagrado, de la gracia, frente al mundo profano y de la naturaleza, que tiene que acceder a la jerarquía eclesiástica para alcanzar su salvación.
Aunque con varios siglos de retraso, el Vaticano II rompe con el paradigma de la Cristiandad, acontecimiento que fue saludado por muchos, demasiado ingenuamente, como el “requiem por el Constantinismo”. Sus documentos, en especial las Constituciones sobre la Iglesia (Lumen gentium) y la Iglesia en el mundo contemporáneo (Gaudium et Spes), los decretos sobre ecumenismo (Unitatis redintegratio) y sobre la libertad religiosa (Dignitatis humanae) respiran aires nuevos. El Vaticano II reconoce que la Iglesia es el Pueblo de Dios formado por todos los bautizados, que hay una vocación universal a la santidad, que existe una legítima autonomía de las realidades terrenas (como la política, la ciencia, el arte…), que hay que respetar la libertad religiosa, afirma que la Iglesia renuncia a privilegios del pasado, que los obispos no siempre pueden dar respuesta a las cuestiones que los laicos les presentan, que los laicos pueden y deben hacer sentir su opinión en la Iglesia, que la Iglesia no se ata a sistema político alguno, sino que hay independencia entre la comunidad política y la Iglesia, la Iglesia sólo pide libertad para predicar el evangelio y dar su juicio moral sobre las realidades, incluso políticas. Fuera de la Iglesia es posible salvarse por caminos desconocidos a los hombres, pues el Espíritu ofrece a todos la posibilidad de participar del misterio de Cristo.
Esta nueva visión del Vaticano II supone una nueva teología que asume en serio la encarnación de Dios en nuestra historia y la presencia del Espíritu en la marcha conjunta de la humanidad hacia el Reino. La Iglesia y el mundo no se contraponen como lo sagrado y lo profano, sino que la Iglesia está inserta en el mundo y camina conjuntamente con él hacia la escatología, es signo y sacramento visible del amor y la gracia de Dios que abraza a toda la humanidad.

Un tsunami que sacude todo el planeta

Pero seguramente el mismo Vaticano II, a pesar de que muchos católicos todavía no lo han aceptado e intentan volver a la anterior etapa eclesial pre-conciliar, ya se ha quedado corto ante los nuevos fenómenos socio-culturales que la sociedad hoy atraviesa. Estamos ante un verdadero tsunami que sacude de raíz instituciones, ideologías y costumbres tradicionales de todo el planeta, también las religiosas y eclesiales. Vivimos en un mundo secularizado, donde la religión ya no configura los espacios públicos, donde la misma fe en Dios dejó de ser compartida por todos, vivimos un pluralismo religioso, el cristianismo ya no goza del apoyo social. La fe cristiana ya no es el horizonte único de interpretación de la realidad, hay otras hermenéuticas también válidas. En la Cristiandad había una coherencia entre la fe y la cultura de la época que nacía más de la cultura que de la fe, ya que la fe siempre es libre. Tal vez lo que llamamos crisis de fe no sea más que consecuencia de que han cambiado los presupuestos culturales homogéneos que antes se daban y ahora ya no.
Existe una aspiración a vivir de forma autónoma, e independiente, el Estado ya no es confesional como en las épocas clásicas de la Cristiandad, el tiempo ya no está necesariamente marcado por la liturgia cristiana (navidad, pascua…), realidades como política, economía, filosofía, arte, ciencia… ya no se apoyan en la tradición cristiana. Antiguos templos cristianos se han convertido hoy en museos históricos y salas de conciertos. En algunos lugares este nuevo clima provoca un abandono del cristianismo e incluso de la religión, en otros se suscita creencia sin pertenencia, pero en muchos sectores de cristianos convencidos y comprometidos lo que se cuestiona no es la fe cristiana como tal, sino la configuración religiosa y eclesial en la cual la fe cristiana se ha plasmado durante los últimos 17 siglos y que hoy resulta claramente arcaica.
Este problema es estudiado por teólogos y sociólogos de la religión como J. Délumeau, FX. Kaufmann, Danièle Hervieu-Lèger, JM. Mardones, JB. Libanio, M. França Miranda, J. Comblin, P.Valadier, Ch Teoboald, Ch. Taylor etc. Hace ya años K.Rahner había advertido sobre la necesidad de un cambio estructural en la Iglesia: pasar de una Iglesia sociológica a una Iglesia de cristianos convencidos. Todos estos autores están de acuerdo en que este proceso, estrechamente ligado al cristianismo occidental moderno secular, aunque es irreversible, no se presenta con la misma intensidad en todos los lugares, tiene matices y expresiones diferentes: por ejemplo, no se vive igualmente en Francia, España y Holanda que en Estados Unidos.
Aquí cabe preguntarse si este proceso afectará también a América Latina, con qué fuerza, con qué variables, en qué lugares estará más presente. A quienes afirman que esta ola llegará también a América latina se les objeta que el mundo latinoamericano es profundamente religioso, que la religiosidad popular tiene honda raigambre y presenta valores cristianos muy inculturados. Pero es indudable que esta agonía de la Cristiandad, que ya es irreversible en el mundo occidental, más tarde o más temprano, también afectará a América latina, aunque no afectará de igual modo, por ejemplo, a Uruguay que a Bolivia.
Más aún, este proceso ya ha llegado a América Latina, como el mismo Documento de Aparecida lo constata: crisis y erosión de la fe, débil pertenencia eclesial, abandono de la Iglesia católica para acudir a otros grupos religiosos, necesidad de iniciar a una profunda experiencia espiritual pues un cristianismo de sólo dogmas, de prácticas devocionales y sacramentales parciales y moralismos inconsistentes no logrará el embate de los nuevos tiempos, urgencia de una nueva evangelización y de una profunda formación bíblica y cristiana, etc. El divorcio entre la fe y la vida es real y escandaliza que el continente con mayor número de católicos sea el más desigual e injusto socialmente. Los aspectos más positivos de la Iglesia de América Latina, como la renovación bíblica, litúrgica, catequética, parroquial, las comunidades de base, el protagonismo del laicado… son consecuencia de haber asumido el Vaticano II con seriedad.
Añadamos a todo esto que en América latina también ya se percibe una disminución creciente de vocaciones al ministerio y a la vida religiosa, el declive en la praxis sacramental, una gran ignorancia religiosa, la crítica, antes impensable, a la Iglesia en los MCS y de parte de los políticos, la pérdida de prestigio social de la Iglesia, a la que se quiere reducir y encerrar en la sacristía para que se dedique solamente a rezar y salvar almas….
Cuando Aparecida afirma que hay que pasar de un continente de bautizados a un continente de discípulos y misioneros de Jesucristo, está implícitamente reconociendo que algo grave sucede en la Iglesia de América Latina. No olvidemos que la evangelización de América latina se realizó bajo el signo y la figura eclesial de la Cristiandad, hoy en crisis agónica. Tampoco podemos olvidar que en las dictaduras latinoamericanas de las décadas pasadas se perseguía y mataba a los disidentes en nombre de la civilización cristiana occidental.

Agonía lenta

La palabra agonía que indica la proximidad de la muerte, etimológicamente significa lucha, conflicto. Es la lucha entre la vida y la muerte, entre un antes y un después. La agonía de la Cristiandad es también una lucha frontal entre una estructura milenaria que ha configurado culturas, instituciones, leyes, gobiernos, estilos de vida y que ahora se siente desplazada, insegura, enferma, pero que se resiste a desaparecer, porque no se vislumbra todavía una nueva figura eclesial.
Hay muchos sectores de la Iglesia que sienten una gran nostalgia de la época de Cristiandad, añoran la sociedad masivamente cristiana, la unión entre el trono y el altar, el arte cristiano, el ritmo del tiempo marcado por las celebraciones litúrgicas cristianas, la educación cristiana obligatoria para todos, las leyes y la moral de la Iglesia como normas sancionadas por el Estado, privilegios legales y económicos para la jerarquía eclesiástica, el rol mediador de la Iglesia en los conflictos sociales, los signos cristianos en las instituciones públicas, el Tedeum en las celebraciones cívicas y patrias, la mención de las raíces cristianas de la civilización occidental y de los aportes que la Iglesia ha hecho a la sociedad, sin críticas a la institución eclesial y menos aún a sus dirigentes, etc.
Hay añoranza de las épocas en las que en los domingos los templos estaban llenos de fieles, la gente se confesaba y comulgaba con frecuencia, los seminarios y noviciados rebosaban de jóvenes aspirantes, los matrimonios se casaban por la Iglesia, el bautismo era generalizado y al poco de nacer, se conocía de memoria el catecismo y los preceptos de la Iglesia, los dirigentes cívicos y políticos consagraban sus países al Corazón de Jesús, había un control de la moral pública, se censuraban películas y novelas, se respetaba a la Iglesia y a sus ministros...
Todo este mundo, este imaginario social y religioso, que ya no es el actual, se debate entre la vida y la muerte, muchos lo quieren mantener, pero no tiene futuro. La Cristiandad en muchos lugares no ha muerto, todavía tiene una cierta fuerza, seguramente no es prudente quererla liquidar rápidamente, pero es algo residual, está condenada a muerte. No hay que practicar la eutanasia pero tampoco se la puede mantener en vida artificialmente con una terapéutica forzada y a la larga cruel. Tampoco hay que esperar construir una Nueva Cristiandad.
Esta añoranza del pasado genera en muchos católicos una sensación de derrota y de tristeza, se idealiza la Cristiandad medieval con las catedrales y las sumas teológicas, sus santos y artistas, olvidando todo el costo social negativo que también se daba en aquel entonces. No queremos hacer ahora un juicio ético sobre la Cristiandad del pasado, pero en cualquier caso no se puede mantener hoy día una estructura que en el mejor de los casos respondía a una época que ya no es la nuestra y que hoy ya no responde a los requerimientos actuales. La Iglesia lamentablemente va muchas veces con retraso de siglos para responder al ritmo de la historia, parece ciega y sorda ante los nuevos signos de los tiempos.
Mientras, muchas veces la Iglesia tiene miedo de afrontar los nuevos retos, prefiere contentarse con mantener la religiosidad tradicional y popular, apoyarse en las islas de Cristiandad que todavía existen. Se buscan vocaciones en países que todavía no sufren el impacto de la modernidad secular, se acude al campo para hallar las vocaciones que ya no se encuentran en la ciudad, se crean reductos artifíciales para proteger a los cristianos del peligro del mundo secular, muchos intentan formar a los jóvenes en ambientes de invernadero, se les quiere aislar del ambiente general, se crean reductos artificiales de Cristiandad en lo educacional, moral, social, cultural, cuando en realidad la joven generación a través del internet y las autopistas de la información está conectada on line con el mundo moderno. No se puede ir contra la corriente, tampoco añorar un pasado ya moribundo, ni crear paraísos de Cristiandad en medio del caos generalizado de un mundo nuevo. ¿Formamos para una Iglesia de Cristiandad que está desapareciendo o preparamos gente apta para afrontar las situaciones de futuro? El tsunami es global, nos guste o no. El problema reside en cómo reaccionar ante él.
Estos profetas de calamidades que tienen nostalgia del pasado de Cristiandad, no son capaces de ver que el Espíritu está hoy exigiendo algo nuevo a la Iglesia, que se abren las puertas ahora a un nuevo modo de vivir la fe cristiana si la Iglesia se configura de modo diferente

¿Hay nuevos caminos de futuro?

La desaparición de la Iglesia de Cristiandad ofrece a toda la Iglesia, una ocasión excepcional para comenzar un estilo inédito de cristianismo:
  • pasar de una Iglesia tradicional y masiva
    a una Iglesia de cristianos libres y convencidos;
  • de una Iglesia de masas
    a una Iglesia comunidad de creyentes,
    aunque sea una pequeña grey dispersa y en diáspora;
  • de una Iglesia clerical identificada con la jerarquía
    a una Iglesia toda ella Pueblo de Dios,
    donde los laicos son la mayoría
    y son los protagonistas de la nueva evangelización;
  • de una Iglesia preocupada sobre todo de leyes y doctrinas
    a una Iglesia que prioriza la experiencia personal del encuentro con el Señor;
  • de una Iglesia patriarcal y androcéntrica
    a una Iglesia donde las mujeres asuman el rol que el Señor les dio
    en la historia de salvación;
  • de una Iglesia centralizada y uniforme
    a una Iglesia corresponsable y dialogante
    que respete el pluralismo y autonomía de las Iglesias locales;
  • de una Iglesia muchas veces muy mundanizada y aburguesada
    a una Iglesia que vuelva al seguimiento, de Jesús de Nazaret;
  • de una Iglesia que muchas veces ha priorizado a los sectores ricos y cultos
    a una Iglesia que opta por los pobres
    y quiere ser especialmente Iglesia de los pobres;
  • de una Iglesia que se siente madre, maestra y señora de la verdad
    a una Iglesia que quiere servir a todos, dialogar con todos
    y discierne los signos de los tiempos;
  • de una Iglesia helenizada y romanizada
    a una Iglesia que asume los valores de todas las culturas,
    antiguas y modernas;
  • de una Iglesia que ha sido voz de los sin voz
    a una Iglesia que acepta que cada vez más los sin voz
    asumen su protagonismo en la sociedad y en la misma Iglesia;
  • de una Iglesia que quiere dar normas a los Estados
    a una Iglesia que anuncia el evangelio a todos,
    pero no lo impone, ni obliga a nadie a seguirlo;
  • de una Iglesia centrada en el templo
    a una Iglesia misionera que va a la casa del pueblo;
  • de una Iglesia que ante todo sacramentaliza
    a una Iglesia que quiere comenzar evangelizando;
  • de una Iglesia juridicista
    a una Iglesia comunidad y misterio de comunión trinitaria
    que ante todo desea formar comunidades;
  • de una Iglesia servicio administrativo
    para satisfacer las necesidades religiosas privadas
    a una Iglesia que sea testimonio del Resucitado;
  • de una Iglesia que ha difundido la pastoral del miedo
    a una Iglesia que anuncia la gracia, el perdón y la misericordia del Padre;
  • de una Iglesia que se centra preferentemente
    en las dimensiones personales y familiares
    a una Iglesia que descubre la presencia del Espíritu en la historia
    y se abre a la justicia y a la alteridad;
  • de una Iglesia que se siente como la presencia del Reino de Dios en la tierra
    a una Iglesia que camina hacia el Reino con toda la humanidad …
Todo esto tiene implicaciones concretas que hay que ir asumiendo. Pongamos algunos ejemplos.
Siempre que se ha cuestionado la unión entre la Iglesia y el Estado se ha cuestionado también el bautismo de los niños. Sin negar su validez y su valor dogmático ¿no debería una Iglesia que ya no es de Cristiandad, que no puede transmitir la fe simplemente con el apoyo de una sociedad cristiana homogénea, ni muchas veces de la familia cristiana, abrirse pastoralmente a nuevas formas de iniciación cristiana más responsables y más acordes con la sensibilidad actual y al contexto social y religioso de hoy, donde la fe nazca del testimonio de una comunidad cristiana auténtica y sea libremente asumida por cada uno?
La escasez de aspirantes al ministerio ordenado ¿no debería llevar a cuestionar la estructura actual del ministerio, sus sujetos, sus condicionamientos, sus estilos de formación y de vida y abrirse a nuevas formas de ministerios? Si se afirma que la eucaristía hace la Iglesia y es culmen y cima de la actividad eclesial ¿está teológicamente justificado condenar por mucho tiempo a no tener eucaristía a millones de bautizados, por no tener ministros ordenados?
La disminución de vocaciones a la vida religiosa puede estar estrechamente ligada a la promoción y al nuevo protagonismo de los laicos. En la época de Cristianad hubo una inflación de vida religiosa precisamente por la poca presencia laical en la Iglesia y en la sociedad. Hoy la situación ha cambiado, la vida religiosa deberá resituarse en su nuevo contexto social y eclesial, con una función más modesta, de servicio a los laicos, más mística y más profética. Lo que puede parecer como una tragedia es una gracia para convertirse en levadura y grano de mostaza.
El gobierno pastoral de la Iglesia debe cambiar profundamente su estilo, como los mismos Papas lo han deseado, acercarse a las bases de la Iglesia y de la sociedad, sobre todo a los pobres. Es algo urgente, que no admite mayor demora.
El alejamiento de los sectores jóvenes de la Iglesia está pidiendo a gritos que la Iglesia se configure de otro modo. Ellos serán los que en el futuro deberán llevar la Iglesia adelante, hay que escucharlos con paciencia y sencillez, dejarse criticar por ellos.
La lista a puntos a revisar en el cambio de una Iglesia de Cristiandad a otra diferente, se podría alargar indefinidamente. Baste lo indicado para mostrar que la agonía de la Cristiandad no es ninguna tragedia eclesial sino una ocasión privilegiada, un tiempo de gracia (un kairós en lenguaje bíblico) para el nacimiento de otro estilo de Iglesia. Es lo que muchos católicos hoy intuyen proféticamente, muchos jóvenes, mujeres, laicos, pobres, indígenas, teólogos, religiosos y religiosas e incluso obispos…. Es un clamor universal que nace de todos los rincones, no se puede permanecer por más tiempo sordo a este clamor del Espíritu. Aunque muchas veces ni la jerarquía ni los fieles se den cuenta de esta situación de profundo cambio, algo nuevo está naciendo, una nueva forma de ser cristiano y de ser Iglesia amanece en el mundo de hoy. ¿Sabremos aprovecharlo?

Interrogantes

No podemos negar que también hay interrogantes. Cuando alguien muere, deja una herencia que hay que recoger y distribuir, no se puede dilapidar. ¿Qué herencia positiva nos ha dejado la Cristiandad que deberíamos asumir?
Fue positivo en la Cristiandad su afán misionero de evangelización y de encarnación en su tiempo, el deseo de proteger la fe de los débiles, el respeto hacia la religiosidad popular, el acompañamiento del pueblo a lo largo de su vida, la reflexión teológica y espiritual sobre la fe, la preocupación por una fe que no quede reducida a la intimidad individual sino que se abra al horizonte público, la preocupación por la educación, la atención a los más pobres y enfermos, la convicción de que hemos sido hechos para Dios y que nuestro corazón no descansa hasta llegar a él, la conciencia de la debilidad y del pecado humano, la necesidad del pueblo de hallar un horizonte trascendente que dé esperanza a su vida y a su muerte, etc. ¿Cómo recoger esta herencia de valores positivos, sin contaminarlos con los contravalores, sino estructurándolos de modo diferente? Sólo se puede mantener, a la larga, la tradición que se transforma creativamente. La religiosidad popular, concretamente, sólo se conservará si es objeto de una nueva evangelización. No basta conservar, hay que preparar el futuro.
Por otra parte también hemos de preguntarnos si la Iglesia de post Cristiandad deberá configurarse como una casa de puertas cerradas o más bien como una Iglesia con diferentes niveles de adhesión, de pertenencia y de participación, Iglesia del umbral, Iglesia de puertas abiertas, con pertenencia parcial e incluso débil, fluida, donde son acogidos tanto el practicante de la religiosidad popular, como el dominical y el militante comprometido, el simpatizante y el que está en búsqueda. El Espíritu desborda la institucionalidad eclesial. Lo importante es ir ofreciendo elementos para ir avanzando hacia el Reino, practicar la justicia, amar con ternura y caminar humildemente hacia el Señor (Mi 6, 8).
En el proceso de cambio que vive actualmente Bolivia, donde en muchos católicos cunde el miedo y el pánico, añorando con nostalgia la situación eclesial anterior, mientras otros más lúcidos vislumbran nuevas posibilidades de vivir más evangélicamente la fe cristiana, nos puede ayudar el reflexionar sobre la Cristiandad, su historia, su crisis, su agonía y su lenta desaparición y observar las nuevas formas de ser Iglesia que están surgiendo. El Espíritu rige la historia de los pueblos, aunque muchas veces nos cueste discernirlo porque el trigo se mezcla con la cizaña. Toda muerte puede abrir a un nuevo nacimiento. No miremos solamente al pasado, observemos sin miedo el futuro, pasemos la página de la Cristiandad, algo nuevo está naciendo, aun en medio de dolores de parto. ¿No lo vemos?

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