dimarts, 5 de juny de 2012

EL VATICANO II, UN PASO FUNDAMENTAL

Entrevista a Guiseppe Alberigo

 

Giuseppe Alberigo (+2007), catedrático de la Universidad de Bolonia, laico, casado, con tres hijos y varios nietos, asegura que el Vaticano II es el acon-tecimiento eclesial más importante del siglo XX. A él ha dedicado buena parte de su trabajo en el Instituto de Ciencias Religiosas de Bolonia, publicando una monumental "Historia del Concilio Vaticano II" en varios volúmenes. Fragmento de una entrevista que el reconocido historiador italiano concedió a la revista "Vida Nueva" (junio de 2001, n. 2.235).

• ¿Qué nos queda hoy del Concilio Vaticano II?

— Lo suficiente como para preocupar a la Curia romana. Me explico. Todo concilio importante ha tenido una historia de actuación, de recepción, larga y complicada. Al cabo de 30 años del de Calcedonia, el emperador de Bizancio hizo una encuesta entre los obispos sobre lo que había sucedido el día después del Concilio. No hace muchos años, 14 siglos después, se han encontrado las respuestas, y la gran mayoría de los obispos decían: el Concilio de Calcedonia no ha significado nada; tiempo perdido. Nosotros sabemos, sin embargo, que sin la cristología de Calcedonia el cristianismo sería otro. Esto quiere decir que, después de treinta años del Vaticano II, las cosas no son tan claras y, según las áreas geográficas, las cosas cambian... La eficacia del Vaticano II en América Latina, por ejemplo, es muy diversa y mucho más significativa que en Europa.

Si alguien hubiese visto desde otro planeta a la Iglesia Católica (y a las otras Iglesias cristianas) antes del Vaticano y ahora, tendría dificultad para entender que sean la misma cosa, porque -a pesar de todo- el cambio ha sido enorme. Karol Wojtyla jamás hubiera llegado a ser Papa sin el Concilio. Un polaco en Roma, que pide perdón por las culpas de la Iglesia... es impensable sin el Vaticano II. Sin embargo, en algunos aspectos, el Concilio está todavía poco desarrollado, desactualizado.

• ¿A qué aspectos se refiere?

— Sobre todo respecto al Papa y la colaboración con los obispos. La colegialidad es un mito que no está ni siquiera en estado embrionario. El Sínodo de los Obispos ha desilusionado más que satisfecho. No tiene poder; sólo da consejos y opiniones. Se ha llegado al extremo paradójico de que el sínodo africano, el asiático, el americano... se han celebrado en Roma. Es cierto que antes no hubiera habido un sínodo africano o asiático. Y en eso se siente el impulso del Concilio. Pero existe un problema de enorme gravedad: la reforma de la Curia romana. Juan XXIII, por ejemplo, decidió llevar adelante el Concilio y su pontificado con independencia de ella.

• ¿Cómo nació en Juan XXIII la idea del Concilio?

— Es difícil decir cómo nace en Juan XXIII la idea de convocarlo. Es cierto que fue una decisión que tomó de modo personal... Habló poquísimos días antes con el secretario de Estado, comunicándole que haría el anuncio. No pidió parecer a la Curia, simplemente comunicó algo. Hay que pensar que Roncalli había viajado mucho por todo el mundo y probablemente se había dado cuenta de que el mundo camina y que la personificación del pontificado romano era ya un problema que resolver. Tanto es así que su convocatoria está hecha diciendo siempre: "les toca a ustedes, obispos, decidir"; ni quiso hacer un programa del Concilio, para que fueran los obispos los responsables. Fue elegido el 28 de octubre de 1958 y anunció el Concilio el 25 de enero de 1959. Evidentemente, no es una idea surgida en estos tres meses escasos. Es anterior.

• Ha hablado de colegialidad, de renovación, de diálogo... ¿Cómo se han aplicado estos términos desde el Concilio?

— Una palabra ha entrado en el lenguaje común: aggiornamento. Juan XXIII no habla casi nunca de reforma, mientras que inventa y después usa e "impone" la palabra aggiornamento, que él capta seguramente de la idea de los signos de los tiempos y que usa repetidamente, aunque luego el Concilio estuvo menos atento a este punto. El aggiornamento de la Iglesia consiste en estar continuamente dispuesta a adecuarse a una nueva y más profunda comprensión del Evangelio.

• ¿Y eso se ha cumplido?

— La vida de la Iglesia, la de los papas, es contradictoria, como la mía y la suya; no hay nada que sea absolutamente coherente, lineal; eso sólo existe en los libros, pero no en la realidad de la vida. Yo soy especialmente incoherente, un Papa lo será menos; pero junto a hechos muy significativos, hay otros, como por ejemplo el nombramiento de obispos, que es seguramente el punto negro de este pontificado. Inicialmente, el Papa hizo algunas elecciones de un grandísimo significado: bastaría poner el ejemplo de Martini en Milán, o de Danneels en Bruselas. Elecciones de gran lealtad, de gran apertura. Pero ahora, salvo algunas excepciones, son elecciones de bajo perfil, personas que deben garantizar ante todo que obedecerán, y luego se privilegia a quienes provienen o tienen simpatía por los movimientos.

• El Vaticano II abrió ciertas expectativas ecuménicas ¿siguen vigentes hoy?

— Ciertamente, durante el Concilio se hizo mucho por el ecumenismo. Después de 35 años vemos que se han abandonado los enfrentamientos y los intentos de convertir a la "verdadera fe" al protestante, al ortodoxo, al anglicano... Sin embargo, estoy convencido de que se ha empleado demasiado tiempo. En todas las lenguas, los textos conclusivos de los diálogos ecuménicos ocupan muchos volúmenes, pero las cosas permanecen como antes. Tanto es así que, en los últimos años, ha habido un enfriamiento también en el plano del diálogo, fruto tal vez de ciertas incoherencias...

Creo que, ante el ecumenismo, es muy hermoso lo que el Papa ha escrito y repetido no hace mucho en el Sinaí, que es necesario volver a hablar sobre el modo de ejercer el primado, algo que ya dijo Pablo VI. Pero no se puede continuar diciendo algo así para que luego todo se quede como está.

• ¿Usted diría que el actual pontificado ha desperdiciado buena parte de la herencia del Concilio?

— Sí y no. Por ejemplo, con sus viajes, el Papa ha iniciado una cierta des-romanización del pontificado. Antes, lo normal para un católico, y mucho más para un obispo, era ir a Roma; él, por el contrario, ha decidido ir a las Iglesias... Ciertamente, la movilidad de este Papa es un dato importante y positivo, que se debería poner en un imaginario elenco de aggiornamentos. Pero mientras Juan Pablo II va a la Iglesia, la Curia permanece en Roma. Y ésta es la cara negativa, porque la Curia continúa gobernando y el Papa queda excluido, o por lo menos al margen del mecanismo de gobierno.

• ¿Qué opina de la sugerencia del card. Martini de convocar un nuevo concilio?

— El propio Martini, pocos días después de su intervención en el Sínodo, me comentaba su disgusto por el modo en que había sido acogida su sugerencia, incluso con falsificaciones. He hablado después con algunas personas que estuvieron presentes en el Sínodo europeo y me han asegurado que hubo una explosión unánime de aplausos, pero luego fue negado en la conferencia de prensa. Y yo le decía a Martini que el problema no es cómo ha sido acogida la propuesta, sino el haber tenido la valentía de decir lo que ha dicho. Si en el 1500 alguien hubiera tenido el valor de decir que se necesitaba un concilio para resolver los problemas con Lutero -no en 1545, cuando tuvo lugar el Concilio-, la historia hubiera sido totalmente distinta. El cardenal de Milán no puede convocar un concilio, sólo sugerirlo, pero no deja de ser una voz importante. También Lehmann, el presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, o el ex presidente de los obispos americanos se han pronunciado al respecto. Son hombres que tienen el convencimiento y la valentía de decirlo, y fácilmente son objeto de polémica o denuncia.

• Y la beatificación de Juan XXIII y Pío IX, ¿qué opinión le merece?

— De Pío IX como persona, no puedo opinar. Como Papa, fue el hombre que firmó condenas de muerte como soberano del Estado Pontificio. Pero el problema no es el hombre Pío IX, ni, en el fondo, el papa Pío IX, sino el concilio de Pío IX y el concilio de Juan XXIII. Hoy, en Roma, en la Curia, se tiene el convencimiento de que es necesario redimensionar, reformular el Vaticano II. Beatificando a Pío IX se da importancia al Vaticano I y, de alguna manera, se está diciendo que el Vaticano II (el concilio de Juan XXIII) debe ser leído a la luz del Vaticano I. Estoy también convencido de que, en el próximo cónclave la elección se jugará en torno a la actitud de los diferentes cardenales con derecho a voto hacia el Vaticano II. La verdadera división dentro del cónclave no será entre quién está a favor o quién en contra, porque hoy nadie osa decir que está en contra del Vaticano II. Pero sí entre quienes mantienen una postura que pretende reformularlo en continuidad con el Vaticano I y los que –como Martini o Lehmann– opinan que el Vaticano II ha constituido un paso nuevo para la vida de la Iglesia.

José L. Celada

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