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dijous, 28 de febrer del 2013

DECLARACIÓN SOBRE LA AUTORIDAD EN LA IGLESIA CATÓLICA

160 TEÓLOGOS Y TEÓLOGAS DE LA IGLESIA CATÓLICA

http://iglesia-segun-el-evangelio-hoy.org/

Con ocasión del 50º aniversario del Concilio Vaticano II (1962-1965), invitamos a todos los miembros del Pueblo de Dios, a evaluar la situación de nuestra Iglesia.

Muchos de los temas clave del Vaticano II todavía no han sido implementados, en absoluto, o lo han sido sólo parcialmente. Esto ha sido debido a la resistencia de algunos sectores, pero también a una cierta dosis de ambigüedad que se dejó pasar en algunos de los documentos conciliares.

La principal causa del actual estancamiento radica en su incorrecta interpretación y la mala aplicación en lo que concierne al ejercicio de la autoridad en la Iglesia. Concretamente, los siguientes temas requieren una corrección urgente:

La función del papado necesita ser redefinida claramente en la línea de la intención de Cristo. Como supremo pastor, unificador y principal testigo de la fe, el Papa contribuye sustancialmente a la buena salud de la Iglesia universal. Sin embargo, su autoridad no puede oscurecer, disminuir ni suprimir la autoridad auténtica otorgada directamente por Cristo a todos los miembros del Pueblo de Dios.

Los obispos son vicarios de Cristo, no vicarios del papa. Tienen una responsabilidad inmediata de sus diócesis, y una responsabilidad, compartida con los otros obispos y el papa, respecto a la comunidad de fe mundial.

El Sínodo de los obispos debe asumir un papel más decisivo en la planificación y en la orientación del mantenimiento y el crecimiento de la fe dentro de nuestro complejo mundo actual. Para llevar a cabo esta tarea, el sínodo de los obispos necesita ser dotado de unas estructuras apropiadas.

El Concilio Vaticano II ordenó que debía haber colegialidad y corresponsabilidad en todos los niveles. Esto no ha sido llevado a cabo. Como estableció el Concilio, los consejos presbiterales y los consejos pastorales, deben involucrar a los creyentes más directamente en las tomas de decisión concernientes con la formulación de la doctrina, la gestión de la pastoral y la evangelización de la sociedad secular.

El abuso de nombrar para puestos directivos de la Iglesia a candidatos de una única forma de pensamiento, debe ser erradicado. Se debe establecer nuevas normas, y una supervisión sobre su cumplimiento, para asegurar que las elecciones para tales puestos sean llevadas a cabo de una manera limpia y transparente, y en cuanto sea posible, democrática.

La Curia romana requiere una reforma más radical, en la línea de las instrucciones y la visión del Concilio Vaticano II. La Curia debería continuar existiendo por sus útiles servicios administrativos y ejecutivos.

La Congregación para la Doctrina de la Fe debe ser asistida por comisiones internacionales de expertos, que han de ser escogidos de forma independiente, sobre la base de su competencia profesional.

Estos no son, ciertamente, todos los cambios necesarios. Somos conscientes de que la puesta en marcha de estas reformas estructurales deberá ser elaborada con detalle, según las posibilidades y limitaciones de las actuales y futuras circunstancias. Sin embargo queremos destacar que estas siete reformas sugeridas son urgentes y que su puesta en marcha debe comenzar inmediatamente.

El ejercicio de la autoridad de nuestra Iglesia debe emular las normas de transparencia, de rendición de cuentas y de democracia que son practicadas en la sociedad moderna. La autoridad en la Iglesia debe ser percibida como honesta y digna de confianza, inspirada por un espíritu de humildad y de servicio, mostrando preocupación por la gente más que por las reglas y la disciplina, transparentando a un Cristo que nos hace libres, y escuchando al Espíritu de Cristo que habla y actúa a través de cada persona.

diumenge, 9 de desembre del 2012

PARA QUE EL EVANGELIO TENGA SABOR EN EL SIGLO XXI

Propuestas del obispo Nicolás Castellanos

Aquest text reprodueix el capítol 7 del darrer llibre (pp. 85-96) del bisbe Nicolás Castellanos, que acaba de sortir: Resistencia, Profecía y Utopía en la Iglesia, hoy, Herder, Barcelona, 2012, 118 pp.

Com a presentación del llibre res millor que reproduir uns fragments de la presentació que li fa el seu amic Pere Casaldáliga:

A modo de introducción fraterna ( de P. Casaldàliga)

Nicolás Castellanos es conocido y admirado, sobre todo en España y en nuestra América, como un obispo diferente, fiel a la Iglesia y libre en ella, lúcido y activo, comprometido y comprometedor en las causas de Dios y de la humanidad, especialmente entre los pobres.

El presente libro es muy autobiográfico tanto espiritual como pastoralmente. Basta con leer los títulos de los capítulos para contemplar cada uno de ellos como una profesión vocacional y un análisis de coyuntura eclesiástica y social.

(…)

El título del libro propone tres grandes actitudes «en la Iglesia hoy»:

Resistencia, sin claudicaciones, sin amargura, sin miedo. ¿Quién dijo miedo habiendo Pascua? Una resistencia, en la Iglesia y en la sociedad, que se traduzca en la coherencia diaria, en la familia, en el trabajo, en la política, en la ciudadanía, en la pastoral, en la corresponsabilidad civil y eclesiástica.

Profecía, en anuncio, en denuncia, en consolación. «No dejéis caer la profecía», nos dice Nicolás como nos pedía, ya casi agónico, el patriarca profeta Dom Hélder Cámara. «Empezad por suprimir todo miedo, quedaos a la intemperie; nos acompaña el Espíritu», proclama Nicolás invocando al Vaticano II, que debe ser recuperado «en el espíritu, en la letra y en la mística».

Utopía. Una utopía que no es quimera, porque es el propio sueño del Padre de Jesús: el Reino, el Reino en el día a día y hacia la plenitud de la esperanza pascual. Según Nicolás: «El Reino de Dios tiene que ser el absoluto de la Iglesia... como fue absoluto para Jesús». Una esperanza, nuestra utopía, que se haga creíble «en pequeños gestos liberadores», en medio de tanta mentira, frustración, desespero y muerte. Pueden quitárnoslo todo menos la fiel esperanza.

Ese líder apostólico y carismático que es Nicolás Castellanos, nos hace esta íntima, humanísima confesión: «Termino expresando un convencimiento que ha motivado y dado sentido a mi vida. Hay que empezar por ser persona, por desarrollar la capacidad de actitudes alocéntricas, oblativas, de apertura al otro, de diálogo, de escucha, de paciente y activa esperanza, de amor a fondo perdido y gratitud, abierta a la trascendencia».

Nicolás, gracias. La canción de nuestras comunidades proclama: «Tú vas abriendo camino, otros te seguirán». Desde tu renuncia al episcopado, para asumir más radicalmente la opción por los pobres, eres un emblema de esa Iglesia que soñamos, «la otra Iglesia posible», evangélica en todo, comunidad de los seguidores y seguidoras de Jesús, portavoz de la Buena Noticia que el mundo necesita desesperadamente. Tú sigues contribuyendo de modo significativo en el surgimiento de hombres nuevos y de mujeres nuevas, el nuevo Pueblo de Dios.

Pedro Casaldáliga,
obispo emérito de Sâo Félix do Araguaia.
6 de febrero de 2012.

Propuestas para que el evangelio tenga sabor en el siglo xxi

Nos ronda una pregunta clave: ¿cómo hacer creíble el Evangelio, el Reino de Dios en la Iglesia de hoy, en el marco de una sociedad plural, compleja, diferente, pluricultural y plurirreligiosa, de cambios vertiginosos? ¿Cómo llegar a esa novedad que promete el Espíritu Santo?

Ofrezco un apunte, para que cada uno lo desarrolle y complete a su manera:

1.    Se requiere innovación, reformas y cambio de estructuras desde la fidelidad y creatividad, según aquel aforismo de inspiración agustiniana, asumido por el Concilio Vaticano II: «Unidad en lo esencial, libertad en la duda, y en todo caridad».

Recuperar el verdadero sentido de la tradición, es decir, que los muertos están vivos, y no que los vivos están muertos.

2.    Empezar por suprimir todo miedo, quedarse a la intemperie. Nos acompaña el Espíritu, que se hizo presente en el Vaticano II, que «quiso alcanzar el mundo en su carrera». No queda otra que recuperar el espíritu, la letra y la mística del Concilio Vaticano II. Liberarse de las tristezas, del aburrimiento, de la depresión, del colesterol, del sinsentido de la vida.

Dejarse sorprender y no vivir asustados. Que a la jerarquía no le atenace un miedo terrible; miedo al ateísmo, al agnosticismo, a la conciencia personal; que se maneje en una sociedad plural y creyente, en una relación de libertad, diálogo, escucha y alegría.

3.    Por imperativo, conciliar la teología de la Iglesia, Misterio y Pueblo de Dios en comunión fraterna y en misión, tiene que ser traducida en ejercicio y profecía de sinodalidad y de colegialidad. «Si la Iglesia es comunión, comporta una base de igualdad, de dignidad personal, de fraternidad común, de solidaridad progresiva, de obediencia disciplinada, de colaboración real y de correspondencia en la promoción del bien común.»

Los nuevos signos de los tiempos colocaron a la Iglesia y la comunión en la actitud permanente de diálogo abierto intraeclesial y con el mundo. Ese diálogo implica y postula una escucha valiente que puede cambiar estructuras caducas e instituciones del pasado.

Todo esto exige aplicar un ejercicio lúcido y evangélico de discernimiento profético y audaz, basado en la oración, en el diálogo y en la parresía.

Y en este contexto nos pueden las sorpresas del Espíritu Santo, que habla por las mujeres, los pastores, teólogos, los pobres, los jóvenes, los movimientos sociales..., que provocan cambios estructurales, teologales y psicológicos.

En definitiva, un nuevo kairós, que se traduce en conversión personal a Dios y en conversión comunitaria a la justicia social. Y se abren horizontes hacia una perspectiva creativa y fecunda. Algo no funciona en el ámbito eclesial. Sin espíritu o sin mística somos un pájaro sin alas. Nadie puede sustituir la interioridad, la fuerza del Espíritu. No puedo creer lo que afirman las malas lenguas sobre que el Espíritu Santo ha sido sustituido por la ideología de la curia Vaticana.

4.    El cristianismo puede morir por asfixia si no se atreve a defender que su espacio natural es la sociedad civil. Esta tiene un papel emergente. Y en ese terreno debe «jugar» el cristianismo. Si quiere mantenerse lúcido tiene que desembarazarse del mercado y del Estado y «jugar» en la sociedad civil emergente, con libertad y para la justicia; solo así es posible la fraternidad cristiana y solo así es «significativo» lo «diferencial cristiano».

5.    El continuo disenso no es buen síntoma. Cuando el ejercicio de la autoridad se acostumbra al decreto, a la sospecha continua, a la acusación vehemente, sin escuchar o dejar de defenderse, hay que preguntarse si no hay una extralimitación de funciones de quienes se creen más propietarios que servidores de la Iglesia.

6.    La Iglesia hoy tiene el deber de mostrar, presentar, proponer pero no imponer el mensaje cristiano, la oferta gratuita de Jesús en libertad. «No tiene sentido que en Europa la Iglesia se ponga siempre a la defensiva.»

7.    Prescindir de todo aquello que no evangeliza ni abre camino al Reino. Lo cual supone estar atentos a lo que nace. El Espíritu Santo todo lo hace nuevo.

8.    La creatividad aplicada nos lleva a buscar nuevas formas y símbolos en la evangelización, nuevas propuestas de lenguajes, de diálogo y de escucha en la Iglesia. Dedicar más tiempo a la oración, estudio, escucha de la Palabra y practicar lo que indican los pastoralistas: Dedicar tanto tiempo a la oración y al estudio como a la acción evangelizadora, sacramental y pastoral. Hasta que no hayamos pasado noches enteras en oración, reflexión y estudio, nos faltará mucho por aportar a la Iglesia.

9.    Ser una Iglesia vulnerable que, antes de condenar el pecado del mundo, reconoce su propio pecado. Una Iglesia preocupada por la felicidad de las personas; «amiga de pecadores», como Jesús de Nazaret, que acoge, acompaña, escucha las preguntas y comparte alegría, conflictos y dolores.

10.  Hoy la Iglesia hace suyo el gran desafío de la historia. Tomar en serio el problema planetario de la pobreza. Si somos cómplices del universo del pobre, no queda otra que asumir el compromiso con este en sus dos vertientes: solidaridad con los pobres y denunciar las situaciones de injusticias y expolio de estos, por ser una situación inhumana de desigualdad y exclusión. No se consigue la equidad social si no reducimos las fronteras de la pobreza. Lo cual implica un compromiso con la justicia social y la defensa de los derechos humanos en el mundo y dentro de la Iglesia... La traducción consistiría en hacer pequeños relatos liberadores...

11.  Hoy en día necesitamos otras pedagogías y didácticas aplicadas a otras presencias de todo el Pueblo de Dios: sucesor de Pedro, pastores, religiosas/os o laicos, para ser significativas en el contexto plural, multicultural y multirreligioso.

Por ejemplo: el sucesor de Pedro hacerse presente en el Cuerno de África, en donde la hambruna hace estragos. Una presencia sencilla, acompañado por dos o tres personas, ejerciendo la parábola del Buen Samaritano, identificándose, donde practica ese gran misterio de la compasión (cum pati = sufrir con el otro). Este signo es legible, creíble; es capaz de dar un vuelco a las conciencias. Recuerdo que cuando era obispo de Palencia, bajé a la mina de carbón, en Guardo, y un minero con humor, me comentó: «Esto es más duro que "beber vino y cantar" en la Iglesia, pero agradezco verle con nuestro mono de minero. Gracias por venir».

No puedo olvidar aquella visita a un enfermo terminal, en Vidrieros, en la montaña palentina, una tarde de frío y ventiscas que cortaban la cara, cuando al ver entrar al obispo, exclamó: «Señor, ya puedo morirme, me ha visitado el señor obispo». «No es para tanto, hombre», le repliqué.

Hoy en día necesitamos en la Iglesia este elemento entrañable y humano: la necesaria energía de la compasión, que, en definitiva, es seguir las huellas de Jesús, que nos revelan la compasión del Padre. Apropiarse del dolor hasta identificarse y personificarse con él es aproximarse a una tierra y a una humanidad compartida, que se distingue por practicar la justicia.

12. «La compasión constituye una forma radical de crítica, tanto porque anuncia que el dolor es una situación inaceptable, como en razón de que los sistemas de poder nunca se construyeron ni se sustentan sobre la base de la compasión.»

Pero esta no puede quedarse en calderilla barata, sino que si decimos que estamos comprometidos con los pobres, hay que hacerlo expresión y realidad efectiva de amor, de ternura, de cariño, de amistad, de solidaridad real con esa persona concreta y pobre, con quien compartimos tiempo, vida, entrega, búsquedas, alegría y sufrimiento.

Tiene que darse un amor real y existencial.

La Iglesia, en su esencia, es profética, y tiene que constituirse en un lugar de misericordia, en donde podamos recuperar el discurso olvidado de la ternura. «Existe en el Nuevo Testamento una teología de la ternura, que siempre es curativa.» Existen muchas personas que solo pueden ser curadas por una sonrisa, una mirada acogedora, por un gesto sencillo de compartir un almuerzo o por un encuentro en torno a una copa. El apóstol Santiago (2,12-13) nos recuerda: «Hablad y actuad como quienes van a ser juzgados por una ley de libertad, porque el juicio será sin misericordia para el que no la practicó. La misericordia se ríe del juicio».

13. Hoy tenemos que dar un vuelco al cuadro de valores vigente, con realismo, mística y visión; hay que priorizar dos elementos de la experiencia humana y cristiana: ejercer con gratuidad y generosidad esa capacidad personal y comunitaria de humanización, sanación, curación y personalización. Nada humano le resulta extraño al cristianismo. La gloria de Dios es que el hombre y la mujer vivan.

La mujer y el hombre de hoy tienen que recuperar la alegría de vivir con lo suficiente; ni derrochar ni consumir en exceso, sin límites. En un mundo empobrecido, ¿qué sentido tiene el gasto superfluo de prendas de marca? Ahí no reside la verdad del sentido de la vida. «Existe más alegría en dar que en recibir. El que tiene mucho necesita demasiado para ser feliz y nunca lo llega a ser. Ahora parece que para pasarlo bien hay que gastar mucho.»[1]

14. Avivar la Esperanza: el tiempo de Dios (kairós) puede ser cada instante.

Para el cardenal Martini no solo estamos atravesando una noche oscura de fe, sino también de esperanza. La mayor prueba y tentación del mundo y de la Iglesia occidental radica en la ofuscación de la esperanza y en una visión alicorta y sincopada, a ras de tierra, que nos impide intuir la trascendencia.

Estamos en un adviento permanente; caminamos al encuentro del Señor, que ahora se adelanta en el pobre del camino.

Ser cristiano, en su integridad, consiste en ser hombre, hombre escatológico, un ser inacabado, un proyecto abierto, un proyecto de esperanza.

La esperanza cristiana, la vida del creyente siempre es esperanza, mirada y orientación hacia el futuro, hacia delante, y por ello es también apertura y transformación del presente.

La esperanza está hondamente arraigada en la experiencia viva y existencial de la persona; prácticamente constituye una necesidad en sí misma y en su relación con el mundo. Y es muy importante para el ser humano, que interpreta desde ella el sentido último y penúltimo de su existencia.

No se puede hablar de ética, si no existe la esperanza. Lamentablemente, lo económico, el dios mercado, el ídolo que es el dinero ha desplazado el lado ético, la misma esperanza. Pero no hay ética ni esperanza si no ponemos límites a uno mismo, si no aplicamos los instrumentos de la disciplina, del propio esfuerzo, la negación, una obediencia activa y participativa, no de sumisión, sino de comunión, la búsqueda compartida de la verdad.

La esperanza nos permite cierta dosis de optimismo ante el monstruo de la crisis. Nos sostiene la razón teologal de que la esperanza anida en nosotros desde el bautismo. Y el imperativo ético nos moverá a suprimir lo que marcha mal, y a promover los comportamientos éticamente correctos. El sentido ético de la vida, con su correlativo, la esperanza, nos brindan oportunidades realistas de ser optimistas en la lucha contra la intolerancia, la falta de diálogo y escucha, o la dictadura del consumismo. Solo es tolerable el miedo a la intolerancia, la dictadura, la xenofobia y a todo lo que hace daño al bien común.[2]

15. Desde la humildad y el atrevimiento para dialogar en el debate y en la discrepancia leal, se puede intentar revalorizar a las comunidades cristianas como espacios de humanización, de personalización, de experiencia, de «amigos fuertes de Dios», de interioridad, de fuente de solidaridad y de búsqueda colegial común de respuestas y de soluciones, aunque sean provisionales, a los graves problemas de hoy.

Me atrevo a sugerir el redescubrimiento de la parroquia como revelación y expresión trinitaria, lugar de acogida y compasión, comunión de comunidades y modelo de nueva sociedad, que se caracteriza por ser samaritana en la sociedad, experta en humanidad y alma en el barrio, en el pueblo y en la comunidad. El espíritu que nos anima lo podemos definir así: un espíritu de reconciliación, de reciprocidad, de consenso, de diálogo y escucha valiente, de no quedarnos «fijados» en polarizaciones y radicalismos verbales agotadores y estériles que nos llevan a la confrontación intraeclesial. «La única confrontación válida es la confrontación con la realidad y con la Palabra de Dios», escribe el teólogo Pablo Richard. Muchas veces, pensamos y actuamos igual, pero hablamos distinto.

16. La experiencia de amistad dinamiza.

Para san Agustín la amistad es tan esencial para la vida, que le da el mismo valor y rango que a ella.

Parece tan necesaria la una como la otra. Llega a afirmar: «En todo lo humano no hay nada agradable sin amigos».[3]

La amistad siempre es operativa.[4]

El amigo te habita. Los amigos miran en la misma dirección. El amigo al que amas entrañablemente, camina en paz, feliz, de la mano, en apoyo mutuo... Ambos caminantes están liberados para coger otras manos, porque aceptar otras manos no supone dejar aquella, que da fuerza y empuje en la marcha del camino.

El amigo siempre libera, nos personaliza, nos hace libres, potencia una serie de cualidades, de virtualidades, de dimensiones de la persona que, de no ser por la presencia del amigo, se hubiesen quedado en mera potencia.

En definitiva, desde una experiencia de amistad se descubre existencialmente la dimensión de la persona humana del ser con y del ser para... que se traduce en hacer de toda la vida un encuentro interpersonal, a partir de la aceptación de todas las personas tal y como son, y no como quisiéramos que fuesen.

La amistad —escribe Antonio Paoli— debe ser para un cristiano la óptica en la cual se contemplan las decisiones a tomar... Una opción tomada en clave de amistad puede tener un efecto liberador; tomada fuera de la amistad, puede ser destructora. La amistad es el centro de humanización de la historia y de la creación. Es como el punto de condensación de las cosas en el amor humano. La amistad es el nudo de la humanización de la historia, su catalizador, ya que todo el proceso histórico tiende a formar la comunidad unida en la paz... La amistad destraba a la persona, la explícita, la libera descubriendo en ella capacidades y fuerzas ocultas o valores insospechados. Solo en un clima cálido de afecto, en una completa integración a nivel personal, en una circunstancia feliz, porque en ella se dan todas las condiciones de un encuentro amistoso, florece la persona y descubre su tesoro interior, la plenitud de su ser.

17. El Reino. Hoy las actitudes y conductas deben inspirarse para hacer que acontezca el Reino, que ante todo es don y regalo del Señor.

La razón teológica clava su raíz en el mensaje de Jesús. Constituye el eje, el núcleo de sus dichos y hechos; el alma, corazón y centro de su vida; la causa por la que se entregó en cuerpo y alma. Su meta fue introducir en la sociedad el Reino de Dios: un mundo configurado y estructurado de un modo justo y digno para todos, un mundo habitable para todos, como quiere Dios. «Cuando Dios reina en el mundo, la humanidad progresa en justicia, solidaridad, compasión, fraternidad, paz...». A conseguirlo se dedicó Jesús con verdadera pasión. Por ello fue perseguido, torturado y ejecutado, según José Antonio Pagola. El Reino de Dios fue absoluto para Jesús.

El Reino de Dios tiene que ser hoy el absoluto de la Iglesia actual. Constituye el parámetro que mide la identidad del cristiano y la intensidad de su espiritualidad. Ha sido un error hacer de la Iglesia un absoluto y olvidarnos de que esta es signo y sacramento del Reino de Dios.

Este es el postulado esencial del paradigma eclesial, si queremos que la fe sea creativa y que los cristianos descubran lo fundamental cristiano. Es volver al Evangelio y a la mejor tradición. Quien mejor lo resume es Marcos: «El Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed esta Buena Noticia». Y san Agustín nos presenta bellamente toda la novedad del Reino: «Despojaos de lo antiguo, ya que se os invita al cántico nuevo. Nuevo Hombre, Nuevo Testamento, nuevo cántico. El nuevo cántico no responde al hombre viejo. Solo pueden aprenderlo los hombres nuevos, renovados de antigua condición por obra de la Gracia, y pertenecientes ya al Nuevo Testamento, que es el Reino de los cielos. Por él suspira todo nuestro amor y canta el cántico nuevo. Pero es nuestra vida, más que nuestra voz, la que debe cantar un cántico nuevo».[5]

Termino expresando un convencimiento que ha motivado y dado sentido a mi vida.

Hay que empezar por ser persona y por desarrollar la capacidad de actitudes alocéntricas, oblativas, de apertura al otro, de diálogo, de escucha, de paciente y activa esperanza, de amor a fondo perdido y de gratitud abierta a la trascendencia.

Pero esto se logra y se crece en madurez humana si vemos «el desierto», si subimos al monte a orar, si entramos en el ámbito y nos dejamos coger por el Espíritu.

Y recapitulo lo expresado hasta aquí en este texto conclusivo:

Y es verdad, tenéis razón, constatamos hoy tantas cosas que se rompen, historias que no llegan a ser, como la de aquellos niños que cayeron bajo el fuego de las balas del terrorismo, tantas vidas que se pierden estérilmente. Estamos en trance de un nuevo alumbramiento histórico difícil: necesitamos un tipo nuevo de hombre, el hombre del mañana, que es profeta, comprometido, justo y solidario, que es creyente, comunitario, libre y responsable, que es luchador, arriesgado, crítico, participante y creador. Necesitamos ese hombre nuevo, capaz de dar el paso del tener o del poder, al ser, pero al ser juntos, al ser-con-los-otros y al ser-para-los-otros; un hombre nuevo que quebrante los muros del individualismo, las barreras del egoísmo, del mal y del pecado, y nos sitúe en el camino de la «Civilización del Amor» y en la experiencia de lo comunitario donde es posible el diálogo, la solidaridad, la comunicación de bienes, la comunión personal, la amistad, la libertad responsable, el trabajo para todos... en definitiva, un mundo habitable para todos, porque el actual no lo es.

Y concluimos, convencidos: «Solo Dios basta».

 

 

1. M.A. López Romero, «No está de moda la austeridad», en Revista 21, num. 947, octubre de 2011.

2. V. Camps, «No se puede hablar de ética sin esperanza», en Revista 21, num. 947, octubre de 2011, p. 28.

3. San Agustín, Carta 130 (11, 4).

4. N. Castellanos, «La Amistad en la Fraternidad», en ¿Responde la Iglesia a los desafíos de hoy? Cartas Pastorales, 427.

5. San Agustín, Sermón 1, 7-8, Salmo 32.

 

diumenge, 7 d’octubre del 2012

COMMEMORACIÓ DEL CINQUANTENARI DE L’INICI DEL CONCILI VATICÀ II

Joan Planellas i Barnosell

En la Inauguració del Curs Acadèmic
a la Facultat de Teologia de Catalunya.
Barcelona, 4 d’octubre de 2012

[Els subtítols són del responsable del blog]

[Introducció]

Quan a l’octubre del 1962 s’inaugurava solemnement el Concili Vaticà II, un servidor encara no havia iniciat la preparació catequètica per a la Primera Comunió. Això vol dir que la meva generació ja no és de les que va viure l’esdeveniment conciliar quan aquest tenia lloc. La única cosa que recordo d’aquells anys és el dia que la meva mare a la pregària del vespre ―la mare ens feia resar cada dia― ens va dir a la meva germana i a mi que havíem de pregar molt pel papa Joan XXIII perquè es trobava greument malalt. Eren els primers dies del mes de juny de 1963, que culminarien amb el seu traspàs i amb l’elecció del nou papa: Pau VI. La vida i l’obra del Concili, per tant, la descobriria més tard, a partir del decenni següent, en els anys de formació en el Seminari de Girona. Sobretot dues persones ens van fer estimar i apreciar l’esdeveniment  conciliar: El Dr. Joan Busquets, el rector del Seminari durant la meva formació i antic degà-president d’aquesta Facultat de Teologia[1] i, especialment, el bisbe Jaume Camprodon, que havia iniciat el seu pontificat a Girona precisament en el mateix mes que jo havia entrat en el Seminari Major.

Què us diré en aquesta meva intervenció? El Dr. Armand Puig hi ha posat com a títol la paraula «prolusió», que vol dir «assaig de caràcter introductori». Així doncs, aquestes meves paraules no volen ser més que una senzilla introducció o com un humil preàmbul de tota la reflexió que pretenem portar a terme en les nostres Facultats eclesiàstiques en motiu del cinquantè aniversari del Concili Vaticà II.

[Preguntes davant el Concili]

Què dir doncs, del Concili Vaticà II del qual, dijous vinent (11 d’octubre), si a Déu plau, se’n celebraran 50 anys del seu inici? Quin va ser el seu objectiu primordial? Què en queda de tota aquella magna obra? Quin és el seu llegat? Ens hi hem d’apropar com si féssim tan sols una simple classe d’història? Donat el caràcter fugisser de tot esdeveniment històric, i en el marc del ritme acceleradíssim del món d’avui, fins i tot, alguns s’han fet aquesta pregunta: ¿pot tenir un significat permanent un Concili dels anys seixanta del segle passat i que, a més, no va definir dogmàticament cap doctrina?

[Resposta: deixar que parlin els Documents]

Per respondre a tots aquests interrogants, d’una banda, ens convé aprofundir l’esdeveniment conciliar en si mateix, així com la seva recepció en el postconcili, amb un estudi acurat dels seus documents. És el que, de fet, ens demana el sant Pare Benet XVI en la seva Carta Apostòlica Porta Fidei en motiu de la promulgació de l’any de la fe que començarà si a Déu plau, la setmana vinent. El papa ens demana retornar als textos del Vaticà II que els Pares conciliars ens van deixar per herència, per tal «que ―cito textualment― siguin coneguts i assimilats com a textos qualificats i normatius del Magisteri, dins la Tradició de l’Església». (PF 5). El Catecisme de l’Església Catòlica promulgat ara fa vint anys, ens ajudarà també en aquesta comesa.

[Resposta: Deixar que parlin als papes del Concili]

Però a més, a banda d’anar directament als textos conciliars, existeix un altre camí que condueix de dret al cor del Concili i que, per tant, cal considerar-lo com una clau hermenèutica de primera magnitud per a poder avançar sòlidament en la comprensió de l’obra del Vaticà II. Aquesta altra clau és deixar parlar sobretot als papes del Vaticà II, Joan XXIII ―el papa que el convoca i l’inaugura― i Pau VI ―el papa que en recull el llegat i el porta a plenitud. Es tracta d’anar als seus propis textos, al·locucions i missatges, i poder veure de primera mà què volien, què pretenien, què esperaven tant Joan XXIII com Pau VI de l’esdeveniment conciliar.

[Suenens interpretant Joan XXIII: Ecclesia ad intra, Ecclesia ad extra]

Iniciat el Concili, durant la primera setmana del mes de desembre del 1962, els Pares conciliars debatien quina havia de ser la intenció bàsica del Concili, el seu centre unificador. El 4 de desembre, el cardenal Léon J. Suenens, de Malines-Brusel·les, seguint la perspectiva assenyalada sobretot en el radiomissatge del papa Joan XXIII d’un mes abans de l’inici del Vaticà II (11-IX-1962) així com en el discurs inaugural Gaudet Mater Ecclesia, proposava que fos un concili de Ecclesia, amb dues perspectives: de Ecclesia ad intra i de Ecclesia ad extra. A la primera, era necessari exposar la naturalesa de l’Església i la seva activitat evangelitzadora, docent, santificadora i orant. A la segona, era convenient presentar la realitat eclesial en tant que estableix diàleg amb el món: la vida de la persona humana, la justícia social, l’evangelització dels pobres, la pau.[2]

Al dia següent d’aquesta intervenció, parlà el cardenal Montini, el futur Pau VI. Es reafirmà en la direcció presa pel cardenal Suenens, i formulà la qüestió primària del Concili en aquests termes: «Què és l’Església? Què fa l’Església? [Quid est Ecclesia? Quid agit Ecclesia?] Aquests són els dos eixos en els que és necessari disposar totes les qüestions d’aquest Concili. El misteri de l’Església i la missió de l’Església [Mysterium Ecclesiae et munus Ecclesiae]».[3]

[Pau VI estableix les quatre finalitats principals del Concili]

Després, ja com a papa, en el seu importantíssim discurs d’obertura del segon període conciliar (29 setembre 1963), establia d’aquesta forma les quatre principals finalitats del Concili: «la noció, o, si es prefereix, la consciència de l’Església, la seva renovació, el restabliment de la unitat entre els cristians i el diàleg de l’Església amb els homes de la nostra època» (núm. 15). I aquest va ser el diàleg intern i extern del Concili. Per tant, aquestes alçades, podem ja indicar una mena de tesi de fons: el Vaticà II té una veritable projecció de futur perquè ressitua l’ésser i l’actuar de l’Església, arrelant-se i fonamentant-se en la genuïna Tradició, però amb els ulls posats en l’home d’avui, amb els seus neguits i esperances. Com afirmava Jean Guitton, «l’arquitectura dogmàtica del Concili es desplegava al voltant de la idea de l’Església».[4]

Quins són els pilars d’aquesta arquitectura dogmàtica? Quins són els aspectes essencials d’aquest diàleg intern i extern? No és aquí el moment d’exposar el desenvolupament del treball conciliar, des dels més de setanta esquemes preparatoris que van anar culminant en les quatre grans constitucions: sobre la litúrgia, sobre l’Església, sobre la revelació, sobre l’Església en el món d’avui. Però assenyalem-ne els trets característics:

[EL DIÀLEG INTERN DE L’ESGLÉSIA]

Ecclesia ad intra»: la consciència de l’Església]

[1. «Dei Verbum»: el fonament de tot]

En tot l’intens treball conciliar hom s’adona que per tal de donar una visió englobant i completa de l’Església es feia necessari establir on i com havia de ser cercat el seu fonament. I aquest és la revelació divina. Tant en el debat inicial sobre la litúrgia, com en el debat sobre l’Esquema de Ecclesia, sobretot en el seu capítol I, això era ben patent. D’aquí que des de la lògica teològica, la constitució dogmàtica sobre la divina revelació adquireix un caràcter previ a tota l’obra del Concili. Des d’un punt de vista metodològic, encara que no estrictament cronològic, crec sincerament que la constitució dogmàtica Dei Verbum revesteix un caràcter fundant sobre el qual s’eleva tot l’edifici doctrinal del Vaticà II. Ens recorda que el centre de la vida de l’Església és el misteri de Déu revelat en Crist i comunicat pel Sant Esperit. Hom poua aquest centre vital en l’Escriptura i la Tradició, que constitueixen el dipòsit sagrat de la Paraula de Déu confiat a l’Església i custodiat pel seu Magisteri autèntic. És així com l’«Església, amb la seva doctrina, amb la seva vida i el seu culte, perpetua i transmet a cada generació tot allò que és i tot allò que creu» (DV 8). A partir d’aquest eix fonamental a redós del misteri de Crist, que el trobem també a les altres constitucions conciliars, es podrà desplegar l’altra orientació, la de l’Església ad extra, l’Església enviada a la missió, la que estableix diàleg amb el món.

[2. «Sacrosanctum conciliium»: La litúrgia, el punt de partida]

Però el treball conciliar s’inicià des de la orientació de la Ecclesia ad intra, des del diàleg intern, tractant d’aquella dimensió íntima de l’Església que és la divina litúrgia que, dins la concepció sacramental de la comunitat eclesial, comunitat eucarística, esdevé el cor, el fons i el cimal de la vida cristiana. La litúrgia és alhora el trobament amb el Crist, que actua personalment en la seva Església, i, al mateix temps, espera activa de la seva vinguda en la glòria. Per això dins el marc de la reforma i l’increment de la Litúrgia, el Concili encoratja els fidels a participar en l’acció litúrgica «d’una manera conscient, activa i fructuosa» (SC 11) i, especialment en l’eucaristia que ocupa en la litúrgia el primer lloc, com a font per la qual la gràcia de Crist s’estén als fidels i com a cimal, ja que la finalitat última de l’acció de l’Església és «la santificació dels homes en Crist i la glorificació de Déu» (SC 10). La constitució Sacrosanctum Concilium assumeix una part de l’objectiu de la renovació interna de l’Església que, en aquells moments inicials en què va ser debatuda i aprovada, posava els fonaments i, d’alguna manera, anticipava el tema central de tot el Concili que seria ―com s’ha dit― el de l’Església.[5]

[3. «Lumen Gentium»: L’Església es diu ella mateixa]

La constitució dogmàtica Lumen gentium representarà el moment nuclear del diàleg intern, d’acord amb la pregunta: «Església, què dius de tu mateixa?» La Lumen gentium procura donar resposta a la primera de les finalitats del Concili: expressar quina és la noció o la consciència de l’Església. A la conclusió de LG 4 hi trobem l’eix vertebrador d’aquesta perspectiva, quan, a partir de la cèlebre frase de sant Cebrià, s’afirma que «l’Església es presenta tota “congregada, com un poble, per la unitat del Pare i del Fill i de l’Esperit Sant” [«de unitate Patris et Filii et Spiritus Sancti plebs adunata»]»[6]. Per al bisbe de Cartago, «la unitat de l’Església no es pot comprendre sense la de la Trinitat»[7]. El corrent de vida va del Pare al Fill i, per aquest, a l’Esperit, desbordant-se cap a nosaltres per a «deïficar-nos». A partir d’aquesta tradició patrística «de Trinitate», el Vaticà II articula tant l’origen de l’Església com les seves perspectives missionera i escatològica, en la contemplació de l’acció de les tres Persones divines. Es tracta del designi històric de salvació de Déu U i Tri, que és qui convoca la santa Església per tal que tots els homes puguin ser «fills de Déu»[8]. El resultat final ha de ser la unitat de tots els santificats en l’Església[9].  Aquesta unitat orgànica esdevé el fonament del sacerdoci comú de tots els fidels, dins el context del Poble de Déu, «Poble messiànic». La prioritat, com afirma Gérard Philips correspon a la communio, donat que el ministeri eclesial ha estat instituït al servei d’aquesta comunió eclesial.[10] En aquesta perspectiva, Yves M. Congar escriurà que «el pas profètic més decisiu en eclesiologia ha sigut, per mitjà del capítol De populo Dei i la seva col·locació abans del capítol tercer sobre la jerarquia, l’haver reconegut la primacia de la qualitat del cristià o la ontologia de la gràcia inaugurada pel baptisme, per sobre de tota estructura jeràrquica»[11]. 

 [«Ecclesia ad extra»:  la missió de l’Església]

[4. «Gaudium et Spes»: l’Església enviada en missió]

A partir d’aquestes afirmacions, es desplega l’altre diàleg assenyalat tant per Joan XXIII, passant pel projecte Suenens, com pel mateix Pau VI: la de l’Església ad extra, l’Església enviada en missió. El desenllaç d’aquesta perspectiva és la quarta constitució, la Gaudium et spes, sobre l’Església en el món d’avui. Aquesta constitució que aplica una visió cristològica de l’ésser humà davant els grans problemes ètics, socials, polítics i econòmics, satisfà aquell diàleg assenyalat sobretot per Pau VI, tant en el Concili com en la seva encíclica Ecclesiam suam: el diàleg amb l’home d’avui, l’obertura de l’Església cap a la societat moderna, per tal que ella, «experta en humanitat», com afirmava Pau VI en el discurs a l’ONU, pugui aportar-hi la seva llum i ajudar a trobar sentit al gran enigma de l’existència de l’home en aquest món.

[La resta, explanacions dels «quatre pilars»]

Tots els altres documents conciliars poden ser presentats com una explanació d’aquestes quatre grans constitucions. El seu marc, el seu ensenyament i la seva perspectiva teològica no es poden mai separar d’aquests quatre pilars constitucionals del Concili, però sempre procurant donar resposta als dos diàlegs bàsics, l’intern i l’extern del misteri de l’Església. Aquell doble moviment del cor eclesial, la sístole i la diàstole que dóna impuls i possibilita la regeneració de la sang, la contracció i l’expansió del cor, aquella pregunta per l’ésser i per l’estar, per la identitat i per la missió: això és el que dóna resposta el Concili. D’aquí la seva actualitat, d’aquí el seu caràcter permanent.

[La renovació interna]

Pel que fa a la renovació interna, entrellaçat amb les Constitucions, hi trobem l’intent de complementació entre primat i episcopat; els principis doctrinals que afecten l’episcopat desenvolupats en el decret Christus Dominus, amb l’afirmació connexa de la sacramentalitat de la consagració episcopal com a fonament teològic de la col·legialitat; la vida i l’espiritualitat dels preveres amb el decret Presbyterorum ordinis, tot incidint també en la seva formació per mitjà de la Optatam totius i indicant com el ministeri presbiteral no és merament funcional sinó que la gràcia del sagrament de l’orde toca misteriosament tant l’ésser com l’actuar del prevere en vista a una especial configuració a Crist precisament per poder servir la comunitat en nom de Crist Cap (cf. PO 2); la teologia del laïcat que, des del rellançament del sacerdoci comú de tots els batejats, es perllonga en el decret Apostolicam actuositatem sobre l’apostolat dels laics, i subratllant concretament la tasca i la responsabilitat dels pares en l’educació cristiana per mitjà de la declaració Gravissimum educationis; des de l’afirmació de la crida universal a la santedat, el Concili incideix també en la renovació carismàtica de la vida religiosa per mitjà del decret Perfectae caritatis;[12] i finalment, en aquest marc intern, no pot passar per alt l’importantíssim tractament de la necessitat i pertinença a la veritable Església, amb una incorporació gradual i, per tant, amb una incorporació plena (els catòlics) i no plena (els demés cristians), fonament del diàleg ecumènic desenvolupat en el decret Unitatis redintegratio. En aquest punt, s’acomplia aquell desig manifestat tant per Joan XXIII com per Pau VI que el Vaticà II esdevingués realment l’inici del camí veritable cap a la unitat de tots els cristians. S’indicava com el punt d’inflexió no és el de tot o res, com subratllava el Magisteri precedent, no és el de les fronteres de l’Església catòlico-romana, sinó que, precisament, el punt d’inflexió és el baptisme que ens fa a tots cristians i seguidors de Jesucrist. D’aquí que en les Esglésies ortodoxes orientals i en les comunitats sorgides de la reforma de Luter puguin trobar-se veritables elements de santificació i de veritat. En relació als primers, el decret Orientalium Ecclesiarum dirigit a les Esglésies orientals que ja es troben en plena comunió amb la seu de Roma, indica que els pertocarà especialment la tasca de fomentar la unió de les Esglésies exercint, a més del testimoni de vida, «la piadosa fidelitat a les tradicions orientals antigues» (OE 24).

[EL DIÀLEG EXTERN DEL CONCILI]

Pel que fa a l’altre diàleg, el d’una Església atenta als signes dels temps i explicitat constitucionalment en la Gaudium et spes, el Concili incidia amb força com l’Església no pot desentendre’s de les circumstàncies històriques amb les que viu. La Lumen gentium ja havia indicat que, com a «poble messiànic» i com «Església pelegrina, en els seus sagraments i les institucions, que pertanyen al temps present, porta la figura d’aquest món que passa i viu enmig de la creació que fins ara gemega i sofreix dolors de part, tot esperant la revelació dels fills de Déu (Rm 8,19-22)» (LG 48). Aquesta relació amb la realitat d’aquest món que passa troba una concreció pràctica en el decret sobre els mitjans de comunicació social Inter mirifica.

Una intenció que cristal·litza sobretot en la declaració sobre la llibertat religiosa, Dignitatis humanae, llibertat que esdevé condició indispensable per una obertura davant la pluralitat del món i per al diàleg i col·laboració amb els membres de les religions no cristianes, manifestada en la declaració Nostra aetate.

En unes clarividents paraules, ja a l’any 1963, tot glossant l’expressió «ecumènic» que acompanya el Concili, el jove teòleg Joseph Ratzinger afirmava que «cal deixar de veure l’altre com a enemic i contrincant davant del qual hom hagi de defensar-se». «Més aviat, cal escoltar-lo i tenir en compte la seva part de veritat sense callar ni amagar la pròpia veritat des de la consideració de la interna totalitat de la fe».[13]

És en aquesta mateixa amplada d’ona que el Concili es replanteja la seva tasca evangelitzadora en el decret Ad gentes, indicant que l’Església és missionera per naturalesa, pel fet de ser «sagrament universal de salvació» i «per les exigències més íntimes de la seva catolicitat» (AG 1).

[El Concili, «un programa magnífic de treball»]

El 18 de novembre de 1965, Pau VI afirmava que en acabar el Concili començaria el veritable aggiornamento preconitzat per Joan XXIII. I afegia: «Aquesta programàtica paraula no volia certament atribuir el significat que alguns intenten de donar-li, com si permetés de ‘relativitzar’ en l’Església segons els gustos i la mentalitat del món totes les coses [...]; ell, que tenia tan viu i tan ferm el sentit de l’estabilitat doctrinal i estructural de l’Església». Per contra, «per a nosaltres voldrà dir penetració sapient de l’esperit del Concili celebrat i aplicació fidel de les normes que ell feliçment i santament ha donat» (núm. 12).

Pau VI estava convençut que amb l’obra del Concili tota l’Església tindria «un programa magnífic de treball espiritual per a la renovació de la vida i de les accions segons el Crist Senyor». Així ho manifestava en el discurs acabat d’esmentar. I afegia: «A aquest treball invitem els nostres germans i els nostres fills: aquells que estimen Crist i l’Església», «que siguin amb nosaltres per a professar més clarament el sentit de la veritat que és propi de la tradició doctrinal que Crist i els apòstols inauguraren; i també amb ell, el sentit de la disciplina eclesiàstica i el de la unió profunda i cordial que ens fa, tots, confiats i solidaris, com a membres d’un mateix cos» (núm. 13). És el mateix que en els moments actuals ens demana el papa Benet XVI en l’exhortació Porta Fidei: «Si [el Concili] el llegim i acollim, podrà ser i arribarà a ser cada vegada més una gran força per a la renovació sempre necessària de l’Església» (PF 5).

[Conclusió]

Molt estimats Srs. Bisbes, estimats professors, estimats alumnes: En el marc de l’Any de la Fe, a punt de l’inici del Sínode sobre la nova evangelització, tornem al llegat del Concili Vaticà II, retornem als seus documents, revivim el seu clima espiritual que no és altre que tornar a les fonts genuïnes de l’Evangeli del Senyor i a les deus preclares de l’Església apostòlica, norma i fonament per a l’Església de tots els temps.

Aquest és el llegat permanent que ens ha deixat el Concili Vaticà II: Tornar a l’Evangeli, tornar a Crist, però també anunciar-lo amb un llenguatge entenedor per a l’home d’avui. Aleshores, l’anunci de la fe no serà un fet del passat ni fruit d’una institució ancorada en el passat, com alguns ens diuen, sinó un esdeveniment actualíssim que inspira en l’organisme eclesial una perpètua renovació.

Quan l’Església, exercint la seva maternitat espiritual, entrega a cada generació «tot allò que ella és, tot allò que ella creu» (DV 8), presenta aquell «dipòsit vivent» que esdevé principi constant de vida i de renovació i que, com diu sant Ireneu, és un dipòsit que mai no envelleix, sinó que, sota l’acció de l’Esperit, renova sense parar la joventut del cos eclesial.

Malgrat les defallences de l’era present, malgrat els desenganys de tants, com ens afirma la Constitució Lumen gentium, la predicació de l’Evangeli farà que l’Esperit «rejoveneixi l’Església, la renovi sense parar, i la meni a la unió perfecta amb el seu Espòs» (LG 4). Perquè, com deia Climent d’Alexandria, «la veritat que roman en nosaltres no envelleix pas, i tota la nostra forma de ser resta irrigada per aquesta veritat». «La saviesa», és a dir, l’Evangeli «és sempre jove».[15] Moltes gràcies.

1.        Joan Busquets té dues significatives «lliçons inaugurals» sobre l’obra del Concili: El Vaticà II: Una reforma amb futur. Lliçó inaugural del curs acadèmic 1991-1992 a l’Institut de Teologia de Girona, Girona: ITG 1991; Pau VI i la represa del Concili. Lliçó inaugural del curs acadèmic 2003-2004 a la Facultat de Teologia de Catalunya, Barcelona: FTC 2003.

2.        Intervenció del cardenal Léon J. Suenens (4-XII-1962), en Acta syn., I/IV, 223-224.

3.        Intervenció del cardenal Giovanni B. Montini (5-XII-1962), en Acta syn., I/IV, 291-292.

4.        Santiago Madrigal, «Jean Guitton, palabra laica en el Concilio», en Id., Memoria del Concilio. Diez evocaciones del Vaticano II, Bilbao – Madrid: Desclée de Brouwer 2005, 103-130; aquí, 114.

5.        Santiago Madrigal, «Significado permanente del Concilio Vaticano II» (Conferència inaugural de la jornada commemorativa del 40è aniversari de la cloenda del Concili Vaticà II, FTC 1-XII-2005), 7 [en línia], http://www.urc.confer.es/urc/publica/recursos/art/significado_permanente_vaticano_ii.pdf [Consulta: 3 agost 2012].

6.        «Sacrificium Deo maius est pax nostra et fraterna concordia et de unitate Patris et Filii et Spiritus Sancti plebs adunata» (Sant Cebrià, De orat. Dom., 23: PL 4, 536 = ed. G. Hartel, a CSEL 3, 1, 285). Yves M. Congar, en un conegut article de 1937 («Ecclesia de Trinitate», Irén. 24 [1937] 131-146) comença citant aquesta cèlebre frase, i no hi ha dubte que aquesta orientació tingué la seva influència en el Vaticà II.

7.        Gérard Philips, La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II. Historia, texto y comentario de la Constitución «Lumen gentium», I, Barcelona: Herder 1968, 116-117.

8.        Cf. Michel Philipon, «La Santísima Trinidad y la Iglesia», en Guillermo Baraúna (dir.), La Iglesia del Vaticano II. Estudios en torno a la Constitución conciliar sobre la Iglesia, I, Barcelona: Flors 1966 [Bar], 343-344; Gérard Philips, La Iglesia y su misterio, I, 101-105; «Guía de lectura de la Lumen gentium», en Christopher O’Donnell – Salvador Pié-Ninot, Diccionario de Eclesiología, Madrid: Paulinas 2001, 1138-1139.

9.        Cf. Sant Joan Damascè, Adv. Icon., 12: PG 96, 1358 D.

10.     Gérard Philips, La Iglesia y su misterio, I, 114. Cf. Francesco Geremia, I primi due capitoli della «Lumen gentium». Genesi ed elaborazione del testo conciliare, Roma: Marianum 1971, 123.

11.     Yves M. Congar, Au milieu des orages, Paris: Cerf 1969, 85.

12.     Santiago Madrigal, «Significado permanente del Concilio Vaticano II, 8.

13.     Joseph Ratzinger, Die erste Sitzungsperiode, 45-47.

14.     Sant Ireneu, Adv. haer., 3, 24, 1: SChr 211, 472-473 = PG 7, 966: «et quae semper a Spiritu Dei quasi in vaso bono eximium quoddam depositum iuvenescens et iuvenescere faciens ipsum vas in quo est». Cf. José Luis Moreno, «El Espíritu Santo rejuvenece a la Iglesia: de Ireneo al Vaticano II», en Pedro Rodríguez, et al. (eds.), El Espíritu Santo y la Iglesia: XIX Simposio Internacional de Teología, Pamplona: Universidad de Navarra 1999, 611-620.

15.     Climent d’Alexandria, Pedagogus, 1, 5, 20-21: SChr 70, 146-149 = CC 95, 64.

dissabte, 8 de setembre del 2012

UN CONCILI DE TRANSICIÓ

L’aposta antropològica del Vaticà II

Pere Codina i Mas

Intervenció a la
Universitat Catalana d’Estiu
Prada de Conflent, 22/08/2012

Dues antropologies confrontades

Les opinions i valoracions que se solen fer sobre el concili —a ran dels 50 anys de la seva clausura— provenen normalment de teòlegs i ens solen fer veure el contingut, l’entrellat i les potencialitats dels diversos documents conciliars. Avui no espereu res d’això, per una raó ben senzilla: jo no sóc teòleg. Jo sóc sociòleg de formació (i potser també de deformació), ja que al llarg de la meva vida de capellà — sóc claretià— hi ha pesat sempre, per a bé o per a mal, l’esperit crític de les ciències humanes i molt especialment l’interès a contextualitzar el fet religiós i les seves expressions dins l’entorn concret i els moviments socials i els canvis culturals en què es mouen.

I és precisament aquesta mirada la que jo voldria projectar ara sobre el Concili: sobre els seus previs i la seva recepció o aplicació. Més en concret, voldria subratllar que a la base dels conflictes ideològics que van aparèixer en el Concili —i que es feien visibles en les confrontacions entre les anomenades «majoria» i «minoria» conciliars—, hi havia un problema molt precís d’ordre cultural: el problema o dilema que aquests darrers segles ha marcat la frontera entre la pre-modernitat i la modernitat. La formulació d’aquest dilema pot semblar teòrica, però les seves aplicacions pràctiques posen en contrast dos mons. La pregunta és aquesta: ¿quina és la manera correcta de situar-se l’home davant el món i de relacionar-s’hi? La mateixa pregunta ens la podem formular en forma de dilema o alternativa: l’Home ¿s’ha de limitar a ser un mer executor fidel de les disposicions que li vénen donades de dalt, des d’un món superior, del cel, o bé ha de ser capaç d’actuar responsablement pel seu compte i amb iniciativa pròpia? ¿Ha de ser heterònom (=depenent d’un altre) o pot ser autònom? Es tracta de dues antropologies confrontades.

dimarts, 5 de juny del 2012

EL VATICANO II, UN PASO FUNDAMENTAL

Entrevista a Guiseppe Alberigo

 

Giuseppe Alberigo (+2007), catedrático de la Universidad de Bolonia, laico, casado, con tres hijos y varios nietos, asegura que el Vaticano II es el acon-tecimiento eclesial más importante del siglo XX. A él ha dedicado buena parte de su trabajo en el Instituto de Ciencias Religiosas de Bolonia, publicando una monumental "Historia del Concilio Vaticano II" en varios volúmenes. Fragmento de una entrevista que el reconocido historiador italiano concedió a la revista "Vida Nueva" (junio de 2001, n. 2.235).

• ¿Qué nos queda hoy del Concilio Vaticano II?

— Lo suficiente como para preocupar a la Curia romana. Me explico. Todo concilio importante ha tenido una historia de actuación, de recepción, larga y complicada. Al cabo de 30 años del de Calcedonia, el emperador de Bizancio hizo una encuesta entre los obispos sobre lo que había sucedido el día después del Concilio. No hace muchos años, 14 siglos después, se han encontrado las respuestas, y la gran mayoría de los obispos decían: el Concilio de Calcedonia no ha significado nada; tiempo perdido. Nosotros sabemos, sin embargo, que sin la cristología de Calcedonia el cristianismo sería otro. Esto quiere decir que, después de treinta años del Vaticano II, las cosas no son tan claras y, según las áreas geográficas, las cosas cambian... La eficacia del Vaticano II en América Latina, por ejemplo, es muy diversa y mucho más significativa que en Europa.

Si alguien hubiese visto desde otro planeta a la Iglesia Católica (y a las otras Iglesias cristianas) antes del Vaticano y ahora, tendría dificultad para entender que sean la misma cosa, porque -a pesar de todo- el cambio ha sido enorme. Karol Wojtyla jamás hubiera llegado a ser Papa sin el Concilio. Un polaco en Roma, que pide perdón por las culpas de la Iglesia... es impensable sin el Vaticano II. Sin embargo, en algunos aspectos, el Concilio está todavía poco desarrollado, desactualizado.

dijous, 17 de maig del 2012

«SE CRISTO VEDESSE»: «Si Crist ho veiés!»

(Carta dels 744)

 

El 6 de desembre de 1968 la premsa nacional francesa (Le Monde, Le Figaro, La Croix...) anunciava a vàries columnes que una setmana abans, el 30 de novembre, una cinquantena de cristians havien adreçat una Carta oberta a Pau VI. Els redactors de la carta eren laics, en la gran majoria, i també algun capellà. El document va rebre noms diversos: la «Carta dels 744» pel nombre dels primers signataris, «Se Cristo vedesse» (per les seves primeres paraules) o «L’encíclica dels laics»... En poques setmanes varen recollir més de 14.000 signatures. Es va publicar en diverses llengües. En català va córrer una edició ciclostilada (amb data 6 de gener de 1969), que és la que aquí reproduïm. Mig segle més tard, la carta manté tota la seva vigència.

A Pau, Papa, successor de Pere, bisbe de Roma, servent dels servents de Déu, germà nostre que estimem en veritat1.

«Se Cristo Vedesse»: «Si Crist ho veiés!». Vós heu sentit pels carrers de Roma com els italians tradueixen així el S. C.V. (Stato della Città del Vaticano) estampat damunt els vostres magnífics automòbils.

L’escàndol

Hi ha, en aquest acudit, una ironia ben romana; però hi ha també la decepció d’un poble que hauria volgut que l’Església de Crist presentés una altra fesomia: hom hi retroba com un ressò dels retrets de Crist als fariseus: «els agrada de tenir els primers llocs... de rebre les salutacions a les places i que la gent els anomeni rabí»2.

dilluns, 14 de maig del 2012

PIERO MARINI I LA REFORMA LITÚRGICA

Aquí trobareu, trclip_image001aduït al castellà, el primer capítol d’un llibre molt especial. El llibre es titula: A Challenging Reform. Realizing the Vision of the Liturgical Renewal, 1963-1975. Liturgical Press. 2008 N’és l’autor Mons. Piero Marini, que durant uns vint anys va ser mestre de cerimònies del Papa. El seu recorregut com a liturgista havia començat molt abans, el 1965, com a mà dreta de Bugnini.
El llibre ens ofereix una visió de la reforma litúrgica «entre bastidors»: començant el 1963 amb l'aprovació de la Constitució sobre la Sagrada Litúrgia, que va provocar una revisió a fons del culte catòlic.
El 1964 el papa Pau VI va establir el Consilium per a la aplicació de la Constitució sobre la Litúrgia, un cos internacional que operava amb considerable independència de les oficines de la Cúria Romanes ja existents.
Des del començament, nota Mons. Marini, els treballs del Consilium es van trobar amb la resistència dels membres tradicionalistes de la Cúria, que tractaven de reconduir la reforma oposant-se a un canvi litúrgic real i buscant mantenir el status quo.
La traducció castellana és treta d’un blog de partidaris de la litúrgia anterior… L’havien traduït per deixar que «fins aquí podíem arribar»… A la primera pàgina del text que poden consultar aquí, hi trobareu un comentari del P. Camilo Maccise, ocd., publicat a la revista «Vida Nueva». 

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